COMIC SCENE: Las Lecturas de Fancueva
V. Kingdom Come

‘Superman: La caída de Camelot’, majestuoso

Parafraseando el momento más triste y hermoso de ‘Despertando a Ned‘: las palabras que se pronuncian sobre un fallecido se pronuncian muy tarde…si estuviera aquí, y pudiera decirle algo, le daría la enhorabuena por ser una gran persona.

El día que Carlos murió aún pesa muy cercano en mi ánimo. Hacía años que no veía a aquél san roqueño que conociera una vez en un gimnasio, cuando los cómics sólo estaban llamando a mi puerta y su carrera llamando a la suya. Hacía años que no lo veía, sí, pero siempre que abría un cómic suyo sentía que, de hacerlo, nos hablaríamos con la misma confianza y desparpajo que habíamos hecho siempre: él, con ese tono sarcástico de vuelta de todo que tanto le caracterizaba y que de manera tan humilde manejaba; yo, acribillándole a preguntas sobre los intersticios de un mundillo que, gracias a las muchas charlas mantenidas, pude conocer desde la puerta de atrás. El día que Carlos murió, lloré con amargura porque su pérdida se llevaba muchas cosas. Se llevaba, claro está, la posibilidad de las historias por venir. De esa tercera parte de ‘Arrowsmith‘ que ya nunca veremos —al menos no de sus manos, claro— y de los tebeos que le aguardaban en un futuro que todo aficionado que se hubiera asomado alguna vez a sus páginas quería explorar. Pero también se llevaba la posibilidad de los encuentros por llegar. Una posibilidad remota, claro, por la tierra que la vida había puesto entre Madrid y Algeciras, pero una posibilidad a fin de cuentas.

Pero, con todo, me quedo con esa bonita reflexión que dice que no nos entristezcamos por la pérdida de alguien, sino que nos alegremos por haber podido compartir tiempo con ellos. Y en el caso de Carlos, esa idea adquiere toda una nueva dimensión por cuanto, si no con él directamente, siempre podremos volver a tomar entre nuestras manos sus tebeos y recordar, a través de ellos, lo que hizo que fuera el más grande artista español del noveno arte que hollara territorio yanqui. Podremos regresar, por qué no, a su ‘Dark Guard‘; a aquél fugaz paso por el ‘Flash‘ de Mark Waid; a su maravilloso ‘Bishop’ o sus electrizantes ‘Star Jammers‘; a la vibrante manera en que interpretó a los mutantes o a la aún más brillante en que se hizo cargo de la primera familia Marvel; a esa OBRA MAESTRA que fueron sus eternos Vengadores; a aquella apuesta por el superhéroe ibérico que tanto nos hizo soñar cuando el siglo XX tocaba a su fin sobre un universo que, seguro, hubiera sido alucinante; a su regreso a DC en las aventuras compartidas de Superman y Batman, en el renacimiento de un Hal Jordan que nunca lució tan elegante en las viñetas como cuando él lo dibujó, en un cruce entre la Liga y la Sociedad que me dejara, y me sigue dejando, muy impresionado por lo que alcanzaban sus lápices o en este Superman que hoy nos acompaña y nos sirve como excusa para, en cierto modo, despedirnos de él; a ese ‘Arrowsmith‘ que supusiera un CÚLMEN asombroso rebosante de magia; a todo lo que desarrolló en Marvel en los últimos años por más que, creemos, no estuviera a la altura de sus mejores trabajos o, por supuesto, a la que se terminaría convirtiendo en su última obra, una segunda parte de ‘Arrowsmith’ que nos llegaba en el mismo año de su fallecimiento y que nos devolvía a su mejor versión.

Recuerdo haber estado por su casa de San Roque cuando Carlos terminaba de pulir una de las páginas pertenecientes al primer número de este ‘Superman: la caída de Camelot‘. Recuerdo algún chiste relativo a la censura yanqui y a las transparencias del negligé de una Lois que nunca ha lucido tan sexual como en sus manos. Recuerdo haberle comentado que el Superman que se veía en esas primeras planchas, sobre todo en lo que a Clark se refería, rezumaba humanidad y realismo. Y recuerdo risas, muchas risas, alrededor de una mesa de dibujo que, para mí, desde que lo conociera, había sido una mágica ventana a través de la cual asomarme a los mundos imaginarios de un artista que siempre echaremos en falta.

Podría optar ahora por abandonar la melancolía que me provoca tener que escribir sobre Carlos, ataviarme con mi disfraz de «reseñador», tomar en mano el escalpelo, y comenzar a diseccionar los números que ECC ha recogido en este más que imprescindible volumen de su línea Focus. Si así lo hiciera, podríamos comentar la inmensa fuerza de los cinco primeros ejemplares de este arco argumental ideado por Kurt Busiek, el maravilloso trabajo, no ya de Carlos, sino de Jesús Merino o de Dave Stewart al color y cómo, trascendidos ese quinteto inicial, la cosa pierde algo de fuelle, ya porque hay menos de Carlos y más de Jesús en las páginas —y no es que eso sea algo malo, ya me libraría yo mucho de afirmar tamaña sandez, pero sí que resta homogeneidad a la lectura—, porque el guión de Busiek comienza a resultar menos interesante y bastante farragoso con Arión de por medio, o cómo los colores de Alex Sinclair deslucen un poco el conjunto. Pero, la verdad, es que preferimos dejaros con una idea por encima de todas: que Superman en manos de Carlos Pacheco Perujo voló majestuoso y que, si como yo sois de los que habéis leído y releído cada una de sus obras, este volumen, paradójicamente publicado al poco de su muerte, es el perfecto epitafio a una carrera que nos hizo creer que un gaditano podía volar…en el mundo de la viñetas de los superhéroes.

Superman: La caída de Camelot

  • Autores: Kurt Busiek y Carlos Pacheco
  • Editorial: ECC Ediciones
  • Encuadernación: Cartoné
  • Páginas: 256 páginas
  • Precio: 30,50 euros
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