Ediciones La Cúpula saca a la venta una nueva edición de ‘Bardín el superrealista’ motivada por el 30º aniversario de la publicación de las historietas originales. No es la primera reedición de la que disfrutamos, pero sí la edición más completa de las habidas hasta el momento, con nada menos que 80 páginas de diferencia respecto a la edición de 2006.
Bardín, el personaje protagonista, nació de la mano del historietista Max (Francesc Capdevila) en el año 1996 y creció en la revista mallorquina ‘NSLM’ (‘Nosotros somos los muertos’) entre otras. Bardín funge de vehículo expresivo de las reflexiones, fobias y dilemas filosóficos del autor. No fue concebida como una serie con un plan de ruta fijado, no hay trama, estructura episódica definida o conclusión al margen de la extraída por el lector. Más allá de lo esperable debido a lo esporádico y disperso de sus apariciones en diferentes publicaciones y medios, se intuye que la intención del autor era la de crear un avatar en el que proyectar pensamientos e inquietudes narrativas puntuales.
Max nos proporciona en la primera de las historias un punto de partida simple, la obtención de los poderes superrealistas por parte de Bardín y su acceso al mundo superrealista, una dimensión paralela con apariencia de playa desértica, frecuentada por faros y caracolas expectantes. Esto excusa el despliegue de historias cortas de una o pocas páginas en las que el surrealismo se vuelve indistinguible del paisaje onírico y la tertulia de bar se torna en alegato existencialista. Historias que funcionan de forma aislada, sostenidas por si mismas, cuya repercusión narrativa se desvanece al pasar la página en pos de la siguiente ocurrencia.
El dibujo de Max se mantiene en la línea clara, con viñetas bien definidas que recuerdan al estilo más clásico de tira de prensa de corte humorístico, (¿soy el único que ve a Bardín como un Charlie Brown de mediana edad con una preocupante adicción a los alucinógenos?), con un uso colores apagados y planos en buena parte de las páginas. Max sobrecarga los textos o prescinde por completo de ellos, así la lectura deriva entre la experiencia sensorial más pura y el ensayo denso, a ratos críptico y metafórico y a ratos racionalista y reivindicativo.
El volumen organiza su contenido en tres libros: ‘Hechos, dichos, ocurrencias y andanzas” donde se recoge el gran núcleo de historias que definen al personaje, sus luchas interiores y sus interacciones con el mundo superrealista. El segundo libro titulado ‘Bardín el superrealista’ donde amplia el elenco y la experimentación a nivel narrativo. Y el tercero y último: ‘El libro de las ocasiones perdidas’, que es en su mayoría una recopilación de ilustraciones acompañadas de un breve contexto; portadas y carteles realizadas por Max a lo largo de los últimos treinta años.
La edición de La Cúpula es la más integral de las integrales, con todo lo aparecido en torno a este curioso personaje en su dispersa publicación original, ordenado y contenido en tapas duras para mayor gloria de nuestra estantería, rematado por un stamping (color en los cantos) en tono mandarina pálida. La mejor edición hasta la fecha de la obra que se alzó con el Premio Nacional de Cómic en el año 2007.
‘Bardín el superrealista. Edición 30º aniversario’
En esto del terror japonés las mujeres pálidas, de blancas vestiduras y largo cabello más o menos despeinado son el arroz nuestro de cada día. Pero el concepto de niño siniestro, tan pródigo en occidente y con tendencia a la posesión demoníaca, tampoco es que se retire por abandono, con creaciones tan inolvidables como el Toshio de la saga Ju-on o el inefable Kitarō de los mangas del maestro Suzuki. A ellos viene a sumarse en forma de nueva edición ‘Onimbo‘, una suerte de espíritu de aspecto infantil cuyo objetivo es devorar gusanos infernales, unos terribles seres que nacen de los traumas más dolorosos y profundos del ser humano y les provocan terribles visiones y pesadillas que amenazan con sumirlos en la locura.
Así el ser que da nombre a la obra a pesar de su inquietante aspecto (deliciosa esa presentación en la que juega con un bebé haciéndole toda una serie de muecas que hacen que el pequeño se muera de risa, mientras su madre se desmaya de puro horror) resulta ser una criatura benéfica, ya que a pesar de que lo que realmente es la gula pura y dura, su apetito libera a la gente de un horror inexplicable que se va apoderando poco a poco de su vida cotidiana. Este tomo se va a dividir en cuatro historias protagonizadas por él. Un nadador que repentinamente va a sentir un terror cerval hacia el agua, una adolescente que al conocer a su nuevo profesor, no precisamente agraciado, comenzará a sufrir terribles visiones, una estudiante a la que el terror parece acechar en cada esquina y una joven madre cuyo bebé se transforma en un monstruo aterrador van a convertirse en los proveedores alimenticios del onimbo. Sus historias, aún con unos finales relativamente previsibles y una estructura que se repite en todas ellas (aunque en la última encontraremos una pequeña sorpresa con la incorporación de un nuevo personaje), así como una segunda y tercera historieta de relativa similitud, son un buen ejemplo del Hino más puro. Claro que ello se debe sobre todo a la fuerza de sus imágenes, no aptas para paladares sensibles, ricas en sangre, bilis y elementos putrefactos, creando un estilo tan característico como impactante.
Sabiendo aunar el terror psicológico con el body horror y el gore más explicito ‘Onimbo’ es un manga que directamente se adora o provoca una irrefenable repulsión. Su fuerte aire a cuento siniestro, de onírica atmósfera y un poder de evocación que casi hace que podamos no sólo ver las imágenes sino casi oler las viñetas (y no se trata de un aroma precisamente agradable) dotan de fuerza a una obra que sin ser de las mejores de su autor si está destinada a regalarnos un puñado de imágenes destinadas a instalarse en nuestras retinas en forma sobre todo de monstruos y mutilaciones varias, demostrando cómo Hino es uno de los grandes del mga de terror.
Imprescindible para los fans, recomendable para los amantes de la pesadilla en su vertiente más clásica ‘Onimbo’ inventa una mitología que aunque aquí genera un puñado de historias fácilmente pudiera dar pie para una serie de volúmenes sucesivas, aún cuando la mejor construida es la que abre el tomo, con un auténtico tren de la bruja en el que cualquier elemento acuático cotidiano (como un acuario) es susceptible de transformarse en parte del horror.
‘Onimbo’ no carece de cierta intrascendencia, pero resulta una lectura tras entretenida como fascinante. Un terrorificamente delicioso menú para su protagonista y sus lectores que a pesar de su repulsivo aspecto nos deja un irregular pero delicioso sabor de boca. Preparad los palillos: es hora de degustar lo de siempre servido como nunca.
En el reino de los cómics los animales, antropomorfos, parlantes o simplemente meros animales, nunca sobran. Y si hay uno que es particularmente agradecido al medio ese es es el gato, desde Krazy Kat a Blacksad pasando por el crumbiano gato Fritz y todo ese maremágnum de felinos que pueblan el mundo del manga como la dulce Chi, el exótico Fukumaru de ‘El hombre y el gato‘ o los terroríficos mininos de ‘Nyaight of the living cat‘, sin olvidarnos, por supuesto, del gato robot Doraemon. ‘Problemas gatunos ¡Perdidos!‘, segundo volumen de su colección, nos presenta un grupo de mascotas que se quedan en un término medio, ya que a pesar de ser gatos corrientes, al menos a ojos de sus dueños, se comunican verbalmente entre ellos y además su percepción de olores, elementos y seres extraños sólo les pueden abrir un camino: el de la aventura.
Cómic para todas las edades pero sobre todo enfocado a lo más pequeños de la casa, tanto por su divertida estética (de trazo limpio y sencillo, con un ligero toque kawaii y un rico colorido que tiende a los tonos planos) como por un argumento que plantea como el fortuito encuentro de uno de sus protagonistas, Buster, con un gatito amnésico que a pesar de no recordar su nombre sí sabe algunos detalles sobre su hogar y al que bautizará provisionalmente como Cebollín, va a convertirse a medida se desenrrolla el ovillo (y nunca mejor dicho) en toda una odisea.
‘Problemas gatunos ¡Perdidos!’ parte de la cotidianidad del gato doméstico para pasar a un terreno más fantástico. Entre el misterio que parece ocultar el gatito perdido, la presencia de unos extraños espíritus (aunque por su diseño casi sería más sencillo calificarlos de monstruitos) y ese instinto casi sobrenatural de sus protagonistas, que chocan con una amenaza tan realista como la del lacero de control de animales (un clásico de los dibujos animados), este es un cómic amante de los giros, algunos más intensos que otros, que opta por una trama sencilla que sabe hacer del ritmo su mejor baza.
Historia lineal en la que la base es la amistad, nueva o vieja, y que a pesar de carecer de moraleja concretas sí defiende la importancia del trabajo en equipo y la solidaridad para ayudar en la adversidad, incluso al que no se conoce, este es un cómic de esos que se lee en un suspiro y dejan un sabor de boca agradable, aunque quizás conquiste más a aquellos que tienen marcado ya en su ADN la querencia por nuestros peludos amigos, con algunos por aquí de los que, francamente, dan ganas de llevarse a casa.
Este es un título que no engaña. Humor con una ligera tendencia al surrealismo y el slapstick (el encuentro con los gansos, o la inesperada reacción del fiero perro guardián cuando dos de los felinos se cuelan en su jardín), buenos sentimientos y un buen equilibrio entre las escenas más intimistas y otras más dinámicas dan forma a un producto más que adecuado para los lectores más jóvenes pero que se puede disfrutar sin problemas con el resto de la familia, y que nos remite a todas esas road movies de tono más o menos disparatado cuyo desenlace siempre resulta previsible, aún con alguna sorpresa, pero que poco importa a la hora de dejarse llevar por una aventura con un controlado sentido del suspense.
Para el que busque historias maduras y trascendentes este está lejos de ser su cómic. Para el que busque un rato de diversión ligera, acompañada de un dibujo cuya estética no desentonaria en una colección de camisetas esta es una propuesta idónea. Puro placebo frente a la visita a la gatoteca más cercana Buster y sus amigos os esperan en un título que parece tener vocación de trilogía.
Entre cualquier lista de los mejores cómics de la historia que se precie uno que jamás debería faltar (y de hacerlo debería ser por los pelos y por ser una lista muuuuy breve) es ‘Little Nemo en Slumberland’. Con un referente tan claro es inevitable pensar en él al enfrentarnos a ‘Los sueños del niñato‘, un personaje que aunque no goza de la fama de Makoki es una de las creaciones clave de su autor, Miguel Gallardo. Un individuo para el que cada día es puro viaje lisérgico, viviendo sin vivir en él entre el sueño, la alucinación y su relación con las tribus urbanas y sus padres, con los que vive, de la conveniencia a la desavenencias. No, no habría desentonado en ‘Trainspotting‘.
‘Los sueños de ñiñato’ se salen de cualquier canon posible, tanto en argumento como en dibujo. Historias inconexas, anecdóticas, entre el slapstick y la parodia componen un energético ejercicio de virtuosismo de un autor ecléctico que no esconde los casi cuarenta años que nos separan de su edición original, siendo un perfecto ejemplo del cómic underground de los 80, pero sabiendo mantener el tipo de sobra.
Así desde la historieta que abre el volumen, El hijo de los 4 Fantásticos (de Stanli y Jackirbi como reza su presentación, por supuesto), queda muy claro que a lo largo de sus páginas podemos esperar de todo, con una trama en la que nuestros héroes del título, incluyendo una peculiar Sue que oculta un secreto realmente sorprendente, intentan que su retoño vuelva al buen camino tras caer bajo el influjo del malvado grupo de Javimetal Los García, entre los que no falta alguien que nos recuerda poderosamente a un tal Dr. Muerte. Toda una orgía kirbyana a cuyos detalles merece prestarle la pena (ese quién es quién con el público del concierto) y que es solo el aperitivo de un universo en el que no faltan ecos metafísicos, sosias de Charlie Brown, objetos parlantes, primos chungos del E.T. de Spielberg, siluetas a lo expresionismo alemán, onomatopeyas crumbianas, ecos de la ‘Alicia del país de las maravillas‘, el King Kong original (en una nueva dimensión de eso de tener el mono) o la que es una de las perlas de este título, una historia que imita el estilo más clásico de Bruguera y en la que no falta ni el cameo de uno de los personajes de la editorial, Blasa portera de su casa, del grandísimo Escobar, el padre de Zipi y Zape.
‘Los sueños de niñato’ es un volumen que hipnotiza en su intrascendencia. Más de una vez no necesita diálogos para arrastrarnos por unas rocambolescas aventuras amantes del cameo (es que no falta ni el Hombre enmascarado) y de la experimentación en las que no estorba ni una paleta de colores que tiende a la monocromia. Porque aquí lo relevante es la imagen, dejando volar la imaginación a pleno gas. Y la mejor manera se disfrutarla es una edición como esta que nos trae La Cúpula, en gran formato, con tapa dura, precedida por un esclarecedor artículo e incluyendo unas ilustraciones a página completa que homenajean cabeceras tan relevantes como las de las revistas ‘Tiovivo‘ o ‘El Víbora‘, el universo de la película ‘Yellow submarine‘ e incluso nuestro querido Little Nemo. Como muestra de lo cuidado de este título solo hay que echar un ojo a las guardas, plagadas de niñatos de todas las formas y tamaños y que son la mejor manera de abrir y cerrar el álbum.
Comic a reivindicar, estamos ante un auténtico clásico que es a la vez resultado y motor de un modo de hacer cómic que ya pasó pero que sigue fascinando. Una más que recomendable lectura para antes de nuestros propios felices sueños. Cerrad los ojos, con un poco de suerte alcanzarán el nivel de fantasía de nuestro niñato.
Me gustaría equivocarme, pero seguramente si pedimos a cualquiera que haga una pequeña lista de pintores surrealistas lo más probable es que el nombre de Leonora Carrington no figure en ella. Pintora y escritora, Carrington ha sido objeto de monografias, documentales e incluso una novela merecedora del premio Biblioteca breve, y sus obras de inconfundible estilo han podido verse en Madrid en una exposición monográfica que recibió numerosos visitantes, pero su popularidad aún queda lejos de la de otros que contribuyeron a hacer grande uno de los movimientos que sin duda marcaron el s.XX.
Ahora su turno en el noveno arte ha llegado de la mano del matrimonio Talbot, Mary y Bryan, un dúo que ha dado voz a numerosas mujeres, como la premiada ‘Sufragistas‘, en ‘Armada de locura‘. Desde su juventud hasta su fallecimiento ya en pleno siglo XXI, su trayectoria artística y vital es la de una mujer fuera de su tiempo, un alma libre atrapada en su propia mente. Esta sin embargo no es una biografía al uso. Cierto que su planteamiento es cronológico, y que en en ella veremos pasar los grandes acontecimientos y relaciones que la marcaron, como la que vivió con el también artista Max Ernst, así como su interacción con creadores de la talla de Picasso o Tristan Tzara. Pero ‘Armada de locura’ se antoja más bien una mezcolanza de sensaciones y ensoñaciones, en las que nuestra heroína se debate entre lo humano y lo animal, mutando como se transforma una obra para la que intenta encontrar su propio lenguaje,
Al sumergirnos en una mente tan compleja las palabras son importantes pero la voz cantante la toma el dibujo. Talbot, un versátil dibujante que nos tiene acostumbrados a su elegante trazo intenta comulgar con el alma de una artista que, según sus propias palabras, en ocasiones se siente un caballo, en otras una hiena, mientras se deja arrastrar por el sentimiento, hasta el extremo de llegar a pasar por una institución mental, un episodio que este cómic no elude. Y lo consigue, huyendo de la viñeta clásica y dejándose llevar por imágenes que podrían brotar de los propios cuadros de la pintora, manteniéndose en un canon realista mientras se abandona en bizarras metamorfosis y, que frente el resto de la obra que se presenta en una serie de capítulos monocromático, cede la única página a todo color al momento en que Carrington descubre el surrealismo en una exposicion y su mundo cambia para siempre.
‘Armada de locura’ quizás no sea el mejor ejemplo para explorar la vida de esta artista, pero sí para para un primer acercamiento a su figura y dejarnos conquistar por ella, abriéndonos quizás a estudios más canónicos. Obra que se lee en un suspiro pero que deja con ganas de más este es un título que se une a ese gran número de biografías de artistas (en su mayoría pintores, hay que reconocer) que han sabido sacar el mejor partido de instruir deleitando, dejando que el estilo de ambos creadores, el dibujante y el dibujado, se fusionen por unas páginas. Una auténtica delicia para los fans de las bellas artes en un hermoso modo de reivindicar el papel de la mujer que nos llevan por la vida de una figura que poco a poco araña el puesto que le corresponde por derecho.
‘Armada de locura’ es una pieza que deja huella, que conmueve e inquieta a partes iguales, aunque sin poder negar que su rol de pintora queda en un lugar secundario frente a unos sentimientos que le dan tanta fuerza como la envenenan por dentro. Este es un cómic que sabe presentar el arte con arte, un ouroboros del que el lector nunca tiene bastante.
Por la razón que sea, he empezado y borrado este texto tres o cuatro veces (una de ellas, la última, cuando lo llevaba bastante avanzado). Por la razón que sea…bueno, yo sé la razón, y es no ser capaz de hacer justicia con lo burdo e inexperto de mis reflexiones a lo que tengo junto a mi teclado ahora mismo, un puntal indiscutible del noveno arte; uno de esos imposibles títulos sobre los que todo el mundo se pone de acuerdo; una de esas obras que sólo concitan admiración allí donde recalan; un clásico…un CLÁSICO de esos que hacen temblar las rodillas a aquellos que amamos este medio y que, en mi caso, me ha provocado un considerable bloqueo en esas tres o cuatro ocasiones en que he querido hilvanar ideas. Rendido pues a la evidencia de que, sea lo que sea que escriba, todo derivara en un fútil de dialéctica, es decisión personal tirar por la calle de en medio y que las líneas que siguen a continuación no intenten de enarbolarse en la apreciación definitiva de la magna obra de George Herriman, sino en la (MUY) humilde aproximación a ella de un aficionado que, cada vez que ha dado cuenta de sus páginas, se ha atrevido a soñar en «coconiense».
Y como es humilde y a la par pretende ser personal, no puedo empezar por otro lado que no sea el primer contacto que tuve con el universo de la gata, el ratón que le lanza ladrillos, el perro policía y la extraordinaria fauna del condado de Coconino. Supongo que ese primer contacto es muy común si se tiene en cuenta la generación a la que pertenezco y, más aún, que servidor no vería a ‘Krazy Kat‘ en papel hasta aquella primera afortunada edición —aunque no del todo ortodoxa…más de esto algo más abajo— que le hizo Planeta DeAgostini a la obra de George Herriman allá por principios de siglo. En fin, que pierdo el hilo, mi primera aproximación al cosmos de Krazy e Ignatz fue, cómo no, el mundo de la animación gracias a aquella extravagante adaptación que King Features produjo de la página dominical del artista estadounidense y que, curiosamente, fue filmada en unos estudios de Praga. Los que, como yo, tuvierais contacto con dicha serie, seguro que recordáis el acento sudamericano con el que fue doblada en su momento y este vídeo os golpea con toda la fuerza con la que suele hacerlo la nostalgia.
https://www.youtube.com/watch?v=9Ab50s5vBMw
Tras aquél fugaz contacto con el imaginario de Herriman, no sería, como decía antes, hasta 2006 que, contagiándome de la emoción con la que mi suegro, muchísimo más ducho en el tebeo clásico que el que esto suscribe, me abalancé sobre lo que Planeta DeAgostini hizo con su émulo de la edición yanqui de Fantagraphics. Una edición que, a mi parecer, con la perspectiva que ofrece el tiempo y con lo mucho que he leído la serie desde entonces, cometía dos errores fundamentales. Uno, el más obvio, era que, de los diez volúmenes en que Fantagraphics publicaba en Estados Unidos la totalidad de las tiras de Herriman, sólo nueve vieron la luz aquí, dejándonos a los coleccionistas con el «culo roto» a la espera de un cierre que nunca llegó. El segundo, más sutil —y más personal— fue la elección del tipo de letra con el que se rotuló aquella primera ilusionante edición española: una rotulación mecanizada y de trazos muy estilizados que nada tenía que ver con la original de Herriman y cuya única justificación, al menos en lo limitado de lo que uno llega a entender, pasaba por el abaratamiento de costes en los que se hubiera incurrido de haber tenido que rotular a mano todas las planchas. Pero, claro, si estamos hablando de una editorial que fue capaz de no terminar una colección, no podemos pedir peras al olmo y que se hubiera tomado la decisión de tratar a ‘Krazy’ con todo el mimo y el amor que merecía.
Por el camino, por cierto, había quedado aquél volumen que Norma publicaba una década antes, con una exigua selección de 78 planchas de la serie o quedaría aquél que la misma editorial lanzaría, en 2013, a tamaño descomunal —y precio acorde— de otra selección igualmente insuficiente, de 120 páginas. Y, entonces, como suele decirse….LLEGÓ LA CÚPULA.
No sería nada complicado llenar varios muchos párrafos de sentidos elogios hacia la carta de amor desaforado que supone la edición de la empresa catalana hacia el material que contienen sus 448 páginas a un precio que, sinceramente, no podría ser más ajustado…y asequible a cualquier bolsillo que sepa valorar, no ya la alta calidad del producto final, sino el trabajo y el tiempo invertido por La Cúpula para que estas planchas dominicales de 1916 a 1917 vean por fin la luz en una forma que jamás se ha ajustado tanto a lo que Herriman publicó hace más de un siglo. Y no lo digo por decir. De hecho, mi valoración se hace desde una óptica de una considerable objetividad. No en vano, no es que haya leído, y en incontables ocasiones, la obra de Herriman en su versión original, es que lo primero que hice cuando la editorial nos hizo llegar el presente volumen, fue abrirlo y compararlo, página a página, con la no menos fabulosa edición que Fantagraphics lleva publicando desde 2019 en unos álbumes muy similares en formato y extensión a este primero —pero no último ¿verdad?— que las gentes de La Cúpula han regalado a los tebeófilos españoles.
Y de esa comparación es como nace la completa admiración que profeso hacia los responsables de una edición que exigía a gritos la creación de esa nueva categoría de los Premios Fancueva que fue la de Cómic mejor editado: con detalles como el color de los cantos de las páginas —algo inexistente en la edición estadounidense—, dos magníficos prólogos —uno de ellos, inevitablemente, de un Álvaro Pons que desde los tiempos de su Cárcel de Papel se ha declarado incondicional de ‘Krazy’— y un no menos revelador epílogo, el plato fuerte de esta edición definitiva de ‘KRAZY KAT’ en español está, por si quedaba alguna duda leyendo el párrafo anterior, en el trabajo de traducción ¿y rotulación? que ha llevado a cabo alguien a quien no podemos calificar como menos que HÉROE, Raúl Lardín. En lo que Lardín hace bien cabe detenerse para llevar a cabo una apreciación: si alguna vez os habéis asomado a una página de ‘Krazy’ en inglés, os habréis apercibido de lo curioso del lenguaje que manejaba Herriman, alejado de la ortodoxia del inglés, lo que el artista ponía en boca de sus personajes era una suerte de idioma fonético con el que poder hacer accesible al público general la lectura de las tiras. Dicho recurso, que leído hace muchas veces imposible entender qué diantres están diciendo Krazy, Ignatz y el resto de habitantes de Coconino, cobra todo su sentido cuando uno lee en voz alta los bocadillos y los sonidos que emite comienzan a adquirir significado.
Aún así, hay algo que queda claro en la lectura de cualquier página de ‘Krazy Kat’, y eso es la virtual imposibilidad de saber qué mensaje preciso pretendía hacer llegar Herriman en muchas ocasiones. Bajo esa premisa, es evidente que cualquier traducción va a desvirtuar la experiencia de leer la obra en su idioma original y, con dicho handicap muy claro, lo que Lardín hace es aproximarse al paso al castellano desde una óptica que reinterprete sus claves bajo cierta personalidad patria, haciendo que los modismos y contracciones tan propios de la grafía de Herriman, se trasladen aquí a cierto español cañí que, en cierto modo, también adquiere toda la potencia de su humor latente cuando se lee en voz alta. Al hacerlo, resulta muy evidente que el logro de Lardín no es fruto de la casualidad y que hay en esta traducción muchas horas de pensar cómo trasladar ideas sin corromper la personalidad que hace a ‘Krazy’ lo que ‘Krazy’ es. Y a fe nuestra que se consigue. ¡¡Digo si se consigue!!.
Complementado con una rotulación que se mimetiza de manera muchísimo más ajustada con los irregulares trazos de la de Herriman, resulta evidente a ojos vista que lo que La Cúpula ha logrado es poco menos que un milagro. Dejo a vuestra curiosidad el aprehenderos de más información sobre ‘Krazy Kat’ en los muchos rincones de la red que han analizado este cimiento del noveno arte abordando su historia, sus peculiaridades, la genialidad narrativa de Herriman, la forma en la que abordaba una plancha —sobre todo en los primeros años de vida de la página dominical— como un lienzo en el que TODO era posible, reventando encorsetamientos y haciendo de ella un fluido que, convertido en manantial inagotable de lucidez y genio, inspirará a incontables artistas que llegarán tras él convirtiendo a esta maravillosa locura en algo más que un tebeo. ‘Krazy Kat’ es arte. En mayúsculas. Y La Cúpula lo ha entendido a la perfección creando un libro que es pura maravilla. Sólo podemos cerrar estás líneas de una forma: GRACIAS.
Antes ver espíritus era patrimonio casi exclusivo del terror, con alguna concesión a la sátira tanto narrativa como teatral, pero la incorporación de este elemento al drama, con honrosísimas excepciones, le resultaba más esquiva. Pero como pudimos ver en ‘Sábanas‘, la novela gráfica en la que conocimos a Marjorie, una adolescente en cuya lavandería habitan varias decenas de fantasmas, vivir en una casa encantada no convierte tu vida en pesadilla, son otros factores los que la convierten en una. En su continuación, ‘Frágiles‘, cuando nuestra protagonista parece empezar a superar la muerte de su madre e incluso a hacer amigos, la aparición de un nuevo personaje, Eliza, va a traer consigo otra clase de fantasmas: el del recuerdo de lo que es sentirse sola y apartada.
En esta ocasión el protagonismo de la obra va a repartirse entre ambas. Marjorie está empezando a madurar a su manera, y aunque sigue manteniendo una buena amistad con los espiritus con los que mora, los típicos fantasmas con sábana de toda la vida, que no es que sean invisibles sino que se camuflan fácilmente como piezas de tela, prefiere ocultar su existencia para que sus nuevos amigos no la tomen por loca. Mientras Eliza, una amante del mundo paranormal y fotógrafa aficionada que anhela tomar una instantánea que demuestre la existencia del más allá, se ve obligada a repetir curso y por su carácter y aficiones no termina de encajar. Ambas van a entablar una extraña y esporádica relación mientras Wendell, fantasma y mejor amigo de Marjorie, se empieza a sentir incómodo al ver como su amiga se comporta con él y con su nueva compañera, ya que a pesar de llevar años muerto ahora es cuando empieza a sentirse invisible, igual que se siente la propia Eliza que empieza a pensar en sí misma como un fantasma, alguien muerto en vida e invisible para los demás.
‘Frágiles’ es un adecuadísimo título para una obra que presenta sentimientos complejos. Las posturas de sus protagonistas son comprensibles en más de una ocasión, y más teniendo en cuenta el estado de confusión y dudas que vive todo adolescente, lo cual no quiere decir que sean correctas y que incluso pueden conducir al peor de los desenlaces. Pero este cómic destaca sobre todo por su honda humanidad, haciendo que no sea difícil tanto identificarse como sentir lástima por unas jóvenes que en realidad lo único que necesitan es comprensión. Una trama adulta que choca con esas surrealistas apariciones fantasmales que parecen más una persona vestida de fantasma que otra cosa (y que nos hace recordar a una obra tan emocional como es la recomendable película ‘A ghost story‘) pero que se integran perfectamente en una historia como esta.
Con un buen dibujo, que contrasta notablemente con la inexpresividad de sus personajes humanos (la de los fantasmas es más comprensible. Su expresion prácticamente la imagina el lector), ‘Frágiles’ es una historia que engancha por la naturalidad con la que presenta los conflictos emocionales de sus protagonistas. Si bien podría pensarse que esa identificación fantasma-invisibilidad es demasiado sencilla lo cierto que es una metáfora que funciona bien, incluso cuando se fuerza un poco esa suspensión de incredulidad que exige toda obra de ficción con la temática de ese baile que va a ser clave en el desenlace (y no diré mas). Con un trasfondo como es el bullying, no sólo por acción sino por omisión, que por desgracia parece nunca va a pasar de actualidad, esta es una historia que, quitando los elementos fantásticos, podría estar sucediendo ahora en cualquier sitio. Un cómic duro pero necesario, que todavía no sabemos si será germen de una tercera parte que cierre una proverbial trilogía, pero si es así no debe dejarse olvidada en el tendedero.