Práctica semanal del que esto suscribe desde hace años —ya he superado la barrera de la década, y sigo— mi cita con las «grapas» que llegan desde Estados Unidos lleva todo ese tiempo pasando por una imposición personal que, hasta ahora, he cumplido de forma religiosa: descargarme todo número uno de las nuevas colecciones que, casi cada siete días, publican en tierras yanquis. A ver, cuidado, dicha práctica tiene un par de salvedades llamadas DC y Marvel, sobre todo de cuatro o cinco años para acá con una continuidad que, como ya dije en el arranque de lo Mejor de 2022 en U.S.A, cada vez soporto menos y que me ha llevado a ir abandonando de manera paulatina los tebeos de superhéroes hasta quedarme con lo mínimo. Así las cosas, ese acercarme a todo…o casi todo número uno, se restringe a Image, Dark Horse, Awa, Aftershock, IDW, Boom y alguna independiente más…y aún así podemos estar hablando de, mínimo, diez series a las que doy una oportunidad cada mes. Como podréis imaginar, el ritmo de lectura que esto impone, sumado a todo lo que siempre tengo pendiente de aquello que nos hacen llegar las editoriales, no deja mucho espacio a que, si un primer número no llega a cubrir unos estándares, continue con la serie. Y eso es precisamente lo que me pasó, hace un lustro, con ‘The Highest House‘.
Por razones que ahora mismo no logro recordar pero que, creo, pasaron por lo enrevesado del inglés del que Mike Carey hacía uso en las páginas de aquél primer ejemplar de la cabecera —bueno, eso y que Peter Gross jamás ha sido de mis dibujantes predilectos—, resolví no continuar la propuesta. Una decisión que, ahora, tras haber dado cuenta de la edición que nos ha hecho llegar Planeta, no podría haberse alzado como más errónea. Eso sí, antes de abordar los porqués de esa apreciación actual, no podemos dejar de lamentar la muy equivocada decisión que la editorial española ha tomado con respecto al formato elegido para publicar ‘The Highest House’: aparecida originalmente en tamaño álbum europeo en Estados Unidos, que aquí se haya optado por las dimensiones de un comic-book hace que la lectura de las 200 páginas que conforman el volumen sea una auténtica tortura para la vista —lo es para una vista normal, imaginaos para una que ya acusa presbicia—, siendo casi imposible en algunas planchas discernir con facilidad lo que la minúscula fuente elegida refleja. Huelga decir que, si incluso con tan acusado handicap, terminamos teniendo ‘The Highest House’ en tan alta consideración, es porque lo que aquí se recopila es de una entidad considerable.
Lo es, en primera instancia, porque, por mucho que Gross no sea santo de mi devoción, he de claudicar ante el despliegue de talento que hace aquí el dibujante de ‘American Jesus’: cuidando al máximo las formas y buscando el detalle hasta las últimas consecuencias, el trabajo de Gross se hace especialmente brillante, no tanto en la construcción de personajes —que también, cuidado, que todos son, dentro del trazo algo «feista» del estadounidense, perfectamente diferenciables— sino en la configuración de unos entornos pensados al máximo y edificados de tal manera que todo se nos antoje tridimensional hasta decir basta, algo especialmente notable en lo que a la Casa Culminante se refiere, y no nos extrañaría que Carey y Gross hubieran trabajado sobre un modelo previo para que las callejuelas, edificios y tejados donde transcurre gran parte de la acción estuvieran sujetos a una férrea lógica y no fuera fruto de una casualidad que, insistimos, se nos antoja poco plausible atendiendo a lo que aquí se nos ofrece. Pero, claro está, con lo que Carey plantea en la historia, Gross lo tiene relativamente sencillo para no meter la pata hasta el corvejón.
Y es que, atendiendo a lo que el guionista levanta en términos del lore, ‘The highest house’ toca techo. Trabajado con sumo esmero a lo largo de todos los números y sin dejarlo de lado en ningún momento, Carey cuida hasta el último detalle en que el lector sienta estar asomándose a un documento histórico más que a una narración de fantasía, completando el núcleo central de la historia, esa que sigue a Moth, un trasunto de Aladino —porque, seamos francos, el corazón de este relato no es más que el cuento de la lámpara maravillosa muy, pero que muy vitaminado— mientras escala posiciones en el complejo tejido de la Casa Culminante, con todo tipo de detalles acerca de la gestión de la contundente ciudadela, de los conflictos con otros reinos y de las intrigas de puertas para adentro, configurando un telón de fondo que complementa a la perfección lo que se refiere al protagonista y a Obsidian, el «genio» de esta particular cabecera. Lo que la unión de ambos frentes provoca, como podréis imaginar, es el alumbramiento de un conjunto sólido y sin fisuras, apasionante por su trasfondo y aún más por los personajes y sus cuitas, dando como resultado un cómic de obligada lectura al que sólo hay que ponerle una falla: que este volumen sea sólo el primero y que, desde su aparición hace un lustro, no se haya vuelto a saber nada acerca de su continuación. Esperemos que podamos contar con ella en algún momento indeterminado del futuro, que aún queda mucho por desvelar de la Casa Culminante.
The Highest House
- Autores: Mike Carey y Peter Gross
- Editorial: Planeta Cómic
- Encuadernación:Cartoné
- Páginas: 200 páginas
- Precio: 18 euros



