Hay experiencias cinematográficas que, por las razones que sean, quedan grabadas a fuego en la memoria hasta el último detalle en un claro esfuerzo del cerebro por significarlas por encima de otras que, de nuevo por las razones que sean, tan pronto se consumen, se olvidan. La primera vez que vi ‘Matrix‘ en el cine, en la sala 4 del extinto cine Alameda de Sevilla, un 23 de junio de 1999, en la primera función que había disponible en aquel viernes de estreno, es de esos instantes que jamás podré borrar de mis recuerdos: y no creáis que en eso intervenía un alto grado de anticipación, antes bien, acudí al cine con poca o ninguna información de la cinta de los Wachowski —porque, por aquél entonces todavía eran «los» y no «las»— más allá de un artículo que había leído en la extinta Imágenes de Actualidad y, probablemente, el así encontrarme con aquella alucinante propuesta que nada se parecía a cualquier cosa que pudiéramos haber visto antes —bueno, un poquito a ‘Dark City‘ sí, pero de casualidad— fuera lo que decantó que la primera entrega de la trilogía de Neo y Trinity —pasaremos por alto, porque vaya tela el nivel, la cuarta y completamente olvidable entrega de la saga— no sólo le «volara la cabeza» al que esto suscribe, sino que se alzara, por méritos propios, como una de las producciones para la gran pantalla de más determinante influencia en la ciencia-ficción que vino después.
Y fijaos que digo ciencia-ficción en general y no cine de ciencia-ficción puesto que las ramificaciones de lo que las Wachowski construyeron con ese futuro post-apocalíptico en el que la humanidad se ha visto reducida a ser baterías para alimentar un mundo dominado por las máquinas, no se limitaron a los 24 fotogramas por segundo. Buena prueba de ello, por limitar el discurso a aquello a lo que quiero orientarlo, fue, doce años más tarde, ‘Ready Player One‘, la muy, pero que muy entretenida novela de Ernest Cline —que, como supongo sabréis, conoció una traslación al cine aún más entretenida y gloriosa de mano del insigne Steven Spielberg— que, sin Apocalipsis de por medio, tan bien jugaba con el concepto del alcance de la realidad virtual y el papel que, probablemente, ésta jugara en cómo la humanidad entienda el ocio, el trabajo y a saber qué más —porque, seamos francos, lo de Chat GPT, asusta— de aquí a muy poco tiempo.
Mezclando conceptos de ambos puntales de la ciencia-ficción —y de algún que otro punto cardinal más del género—, Boulet propone con este primer volumen de ‘Bolchoi Arena‘ un escenario que sonara a aquellos que se hayan asomado a cualquiera de las dos obras citadas previamente, llevándonos a un futuro lejano en el que la realidad virtual se ha convertido en la red social por excelencia y en un modo de vida (casi) completo, auxiliando a nuestra especie en la exploración espacial y en la posibilidad de colonizar otros planetas del Sistema Solar, o de fuera del mismo, antes incluso de poder siquiera acercarnos a ellos. Todo ello se sustenta en un complejo e intrincado entramado en el que son muchos «jugadores» los que pugnan, de formas bastante violentas, con ser los primeros en hacerse con nuevas áreas que después vender al mejor postor en una carrera en la que irá a participar la joven protagonista, una adolescente llamada Marj que, metida de lleno en el Bolchoi Arena que da título al tebeo, está a punto de descubrir los peligros que este universo irreal puede acarrear en el mundo real.
El guión de Boulet funciona a lo largo de las más de 150 páginas de manera muy precisa, evitando caer en los préstamos directos y construyendo una ficción que no oculta sus influencias pero se esfuerza por que sean eso, sólo influencias. Quizás en algunos momentos el discurrir de la trama sea algo confuso y en otros los acontecimientos se sucedan con demasiada rapidez, pero son los menos en un conjunto que, como decimos, es muy estimulante, sobre todo por lo que Aseyn postula desde una narrativa visual claramente influenciada por el manga y por ese rinconcito maravilloso del anime que son las producciones de Ghibli: la suave paleta de colores pastel y el trazo elegante del dibujante no puede ocultar su fascinación por las formas de Hayao Miyazaki y, al hacerlo, huelga decir que las planchas de ‘Bolchoi Arena’ nos conquistan sin remedio, ayudando sobremanera a levantar, y cómo, las expectativas de cara a un segundo volumen que, dado el cliffhanger con el que este finaliza, se nos antoja ya apasionante.
Bolchoi Arena vol.1
- Autores: Boulet y Aseyn
- Editorial: Nuevo Nueve
- Encuadernación: Rústica con solapas
- Páginas: 168 páginas
- Precio: 25 euros



