‘La princesa parasito’. La identidad como máscara

La identidad es una propiedad inalienable al ser humano, inevitable si se quiere. Sin duda es una cuestión que ha ido ganando presencia en la ficción contemporánea y refleja la necesidad de establecer quienes somos y como nos autopercibimos dentro del caleidoscopio cultural al que están abocadas las sociedades modernas.  Para la cultura japonesa en particular la identidad puede interpretarse como el compromiso hacia uno mismo, la parte del YO que está en deuda con los principios y valores sobre los que se cimenta su educación. En su caso, en unos valores enraizados en la tradición clásica (oriental, se enetiende) que tantas veces hemos visto representada en su folclore. La idea que nos llega a occidente es la de un país donde el individuo se define por la pertenencia a un determinado grupo social; existen para todos los gustos, eso sí. Incluso para aquellos que, por decisión propia o movidos por las circunstancias, se ven excluidos de la estructura social convencional; para ellos existe una amplia variedad de términos a los que acudir según la naturaleza y sintomatología de su marginación: hikikomori, johatsu, burakumin, etc. Dentro de los grupos sociales abundan unas estructuras jerárquicas rígidas sobre las que se asienta un modelo aspiracional común para todos sus miembros. La identidad tiene una función utilitaria, un sistema de organización social e incluso moral que proporciona un marco en el que desarrollar la personalidad.

El mangaca Toshiya Higashimoto aporta un enfoque perverso al concepto en su obra ‘La Princesa Parasito’, cuyo primer tomo ha sido publicado recientemente por Arechi Manga. Un thriller sicológico con tintes de terror que pone su foco en un proceso metódico y pautado de suplantación de la identidad.

La historia arranca con una desfiguración a martillazos en una truculenta escena bajo la lluvia, una notable declaración de intenciones. Pronto se inicia la consiguiente investigación por parte del inspector de la policía judicial Baba. Con la identidad de la víctima aún en el aire se nos presenta a Ai Tanaka, estudiante universitaria y escritora amateur que acaba de conocer a su inquietante nueva compañera de piso: Miu Yamaguchi. Los avances en la investigación se entrelazan con escenas cotidianas de la vida de Ai con Miu, en las que la tensión entre ellas surge bien pronto y escala con rapidez. El triángulo lo cierran los momentos en los que acompañamos a Miu en la intimidad, aquí es donde asistimos a las grandes revelaciones que dejan poca duda sobre sus aviesas intenciones.

Son los tres pilares sobre los que se sostiene la narración. El autor no pone su interés en la creación de un suspense sostenido en torno al asesinato inicial, las cartas no tardan en ponerse sobre la mesa, lo que nos impulsa a seguir leyendo es la naturaleza morbosa que envuelve el proceso, la disección de los elementos que definen la identidad de Ai Tanaka y la mimetización de estos por parte de Miu. El lector se convierte en una suerte de voyeur espoleado por cada nueva perversión de Miu, por cada nuevo progreso en su delirante plan. Lo que termina de redondear este planteamiento, quizá su mayor hallazgo, es la complicidad de la propia víctima.

Ai Tanaka es un personaje paradójico, manifiesta su motivación desde el primer momento, ella quiere ser escritora; así es como escoge definirse. Para contar con la aprobación del grupo se le pide que escriba una historia que la destaque por encima de sus semejantes. Pero no hay nada en Ai que la haga sobresalir del resto, ella misma se considera una persona aburrida y anodina, y nada de lo que se nos cuenta parece contradecirla. Miu por el contrario es un misterio tanto para Ai como para nosotros, elusiva y parca en palabras, imbuida además en un halo siniestro. Miu personifica la historia que Ai necesita escribir, es plenamente consciente de ello y lo aprovecha. Registra día tras día de convivencia mientras su privacidad pierde terreno; su historia es, de hecho, la crónica de esa sustracción paulatina. Entre heroína y mártir, su protagonista encarna la visión del lector que, al igual que Ai, descubre atónito la naturaleza parasitaria de Miu, y con todo, es impulsado a continuar y regodearse en la toxicidad en pos de la historia.

Toshiya Higashimoto se dio a conocer en nuestro país con ‘El barco de Teseo’ publicado por Norma el pasado año. Un manga de suspense en el que exploraba las consecuencias éticas de las elecciones personales bajo el prisma de los viajes temporales. Mantiene de esta obra un estilo de dibujo limpio y preciso, sin florituras, donde los fondos son relegados a su funcionalidad más básica. Se sirve de grises para distinguir las figuras y aportar peso a la composición de página. Resulta efectivo cumpliendo sin destacar. Por lo demás es una obra de lectura ágil gracias a sus diálogos livianos y bien construidos.

Actualmente se encuentra aún en publicación en su país de origen siendo desconocida la extensión y alcance de la historia que tenemos entre manos, aunque se intuye que a la pobre Ai le queda todavía un doloroso camino por recorrer.

‘La princesa parasito’

  • Guion y dibujo: Toshiya Higashimoto
  • Editorial: Arechi Manga
  • Formato: 192 páginas. 128×182 mm. BN. Rústica con sobrecubierta
  • Género:Seinen, terror
  • Precio:9,95 €

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La princesa parasito

  • Toshiya Higashimoto

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